Varios supervivientes han confesado que escucharon a su llegada la frase: «Bienvenidos a Mauthausen. Entráis por la puerta, pero saldréis por la chimenea». Este verano he tenido el honor de visitar con mi familia este campo de exterminio nazi. Ha sido importante esta experiencia para guardar recuerdo de los hechos que allí se produjeron. Reza en uno de los monumentos conmemorativos que se han levantado: «Olvidar el mal pasado es permitir que se repita». Es decir, es nuestro deber recordar. Grabar en nuestra memoria esta barbarie donde perecieron millones de personas. Trabajando como esclavos en las canteras, muertos de inanición en las celdas de castigo, gaseados en sus cámaras de muerte, abatidos por tiroteos y fusilamientos arbitrarios, por hambre o por experimentos médicos. Finalizada la guerra, solo ochenta mil personas pudieron sobrevivir y mínimamente cuarenta mil de esas víctimas pudieron ser identificadas. Esta historia ocurrió hace muchos años y es nuestra obligación recordar. Cierto, pero igual de exigentes debemos ser en la condena al aborto, en el recuerdo de los inocentes que han perdido su vida por esta pervertida libertad de elección, por este diabólico derecho a abortar, y por los que perecen cada día en este nuevo holocausto. Un genocidio auspiciado por nuestros gobernantes, amparado socialmente por un elitista grupo de pseudointelectuales, ejecutado por profesionales de la sanidad sin escrúpulos y manejado hábilmente por mezquinos hombres de negocios. Pero seguramente lo más indignante y triste es el silencio cómplice de los que no quieren saber nada o giran la cabeza para no ver la verdad. La población alemana de la posguerra pudo alegar un desconocimiento de los crímenes nazis. Hoy, sigue siendo nuestra responsabilidad dar a conocer la dura realidad del aborto, que condena a una muerte injusta a más de cuarenta millones de seres humanos cada año en todo el mundo. Y esto también está ocurriendo ahora, en nuestro país, cerca de nuestros hogares y puestos de trabajo, en el centro de las ciudades, en unas mal llamadas clínicas ubicadas junto a los jardines donde juegan nuestros hijos, en una actividad criminal subvencionada con nuestros impuestos. ¿Debemos permanecer pasivos ante estas matanzas? Creo que podemos hacer mucho todavía a favor de la vida. Los nazis aseguraban que los prisioneros no eran personas, por lo que se podía hacer con ellos cualquier cosa. Los aborteros aseguran que los no nacidos no son personas, por lo que se puede hacer con ellos cualquier cosa. Bienvenidos al aborto.
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