¿Está bien?

Dice Felipe, un amiguito de Mafalda que «lo malo de andar siempre con las orejas puestas es que uno se expone a oír cosas como ésa». Es decir, a escuchar tonterías. Y es que van por ahí diciendo que un embrión es un ser humano en potencia, cuando el embrión es un ser humano en acto. Esto, para que nos entendamos, quiere decir que es un ser humano y punto. La ciencia nos confirma que el embrión no es una parte del cuerpo de la mujer embarazada, sino que desde el mismo momento de la concepción es un ser humano distinto del padre y de la madre. Un ser humano pequeño. En potencia podrá ser un oportuno pensador, tal vez un gran teólogo, un hombre de Dios. Potencialmente podrá ser, con entrega y ambición, todo un Excelentísimo y Reverendísimo Sr. Arzobispo. Quién sabe si llegará a presidir la Conferencia Episcopal de su país o incluso ser cardenal electo. Pues bien, un ser humano lo ha llegado a conseguir: Monseñor Rubén Salazar, Arzobispo de Bogotá. En acto, obviamente. En potencia, es solo papable. Ha llegado a afirmar lo siguiente: «El embrión es un ser humano en potencia que no se puede destruir». Esta afirmación la podría estar dictando un doctor en morfogénesis y citogénesis embrionaria en potencia, pero ha sido obra de una importante autoridad eclesiástica en acto. Ignorancia e imprudencia generosas con la que el prelado se despachó tranquilamente en una entrevista en la que, además, se le preguntaba por la ley del aborto en su país. La Corte Constitucional colombiana despenalizó el aborto en los tres supuestos de caso de violación, malformación del bebé y peligro de muerte de la madre, sentencia ante la que el mismo citado afirma que dijo: «Está bien». Palabras textuales. Es el sempiterno mal menor, pero que no deja de ser un mal. Pareciera una concesión para los que luchan por el aborto, un regalo inusitado para los que desprecian la vida humana, para los que amparan y silencian estos crímenes. Cuando, por otra parte, el mal menor ha sido tradicionalmente una táctica maquiavélica propia de políticos alcahueteros, mercaderes libidinosos y rufianes egoístas, que buscan siempre beneficio de lo propio. No es algo relacionado con representantes de lo sagrado que, en el caso de un sacerdote, debería buscar siempre el Reino de Dios y su Justicia. No, no está bien. Es incorrecto y, además, no podemos limitarnos a elegir entre lo que los paganos nos ofrecen, recogiendo las migajas del suelo. Hemos sido invitados a la mesa del Señor, y nuestro deber es comportarnos conforme a la generosidad de nuestro Anfitrión. Hemos sido bendecidos con la vida, nuestra primera vocación, a la que deberíamos guardar siempre respeto y gratitud. Y como la ciencia nos expone de una manera tan sencilla y clara lo que es la vida, deberá ser igualmente rotundo, nuestro lenguaje: que nuestro sí sea un sí, que nuestro no sea un no. Todo lo demás se llama tibieza, ni siquiera ingenuidad. Estas declaraciones son, a todas luces, un error en acto y un problema en potencia. Pero sigamos, tenemos mucha tarea por hacer.
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