¡Qué verde era mi valle!

Con esta película, su inconmensurable director, nos dejó una maravillosa alegoría. Nos presenta el pasado de un pueblo minero como símbolo del amor, la familia y la vida. Una imagen de coraje y sacrificio, de las cosas con las que aprendemos a amar y, en definitiva, del valor y la dignidad del ser humano. La historia contrasta con el negro del carbón, con las miserias de una sociedad actual que se desmenuza en la búsqueda de los bienes materiales. Tan certera es esta imagen, que he querido ver en ese pequeño pueblo a la Unión Europea, en la reciente ceremonia de entrega del premio Nobel de la Paz. Sentenció el comité: «por su contribución durante más de seis décadas al progreso de la paz y la reconciliación, la democracia y los derechos humanos». Porque he visto claramente, que igual que sobre aquel pueblecito se cernía la sombra de la negra muerte de la mina, la oscuridad del aborto a eclipsado las raíces más profundas de nuestra vieja Europa y ahora empaña nuestro futuro. Es incomprensible que el Nobel de la Paz sea concedido a la institución que más promueve el aborto en toda Europa, que pretende imponerlo y cuyo Parlamento gasta millones de euros de los contribuyentes en financiar abortos. Una Unión Europea que se escandaliza con una Constitución como la húngara que defiende el derecho a la vida. Donde en sus Estados miembros perecen cada año más de un millón doscientos mil bebés victimas del aborto. Una Unión Europea con una tasa de población decreciente y que se enfrenta a unas estadísticas demográficas alarmantes, pero que consiente tasas de aborto que superan incluso el treinta por ciento en algún país. ¿Premio Nobel de la Paz? ¿No será esta la segunda parte de aquella broma tan festejada del Nobel de la Paz de Obama en lo que alguien, de manera neurótica e infantiloide, llamaría una nueva conjunción planetaria? El derecho a matar no entraba en los planes de los padres de Unión Europea. Hombres de fe, honrados estadistas, preclaros defensores de la paz y los derechos humanos, que han sido traicionados por esta caterva de funcionarios advenedizos, que han convertido las instituciones en un estercolero ideológico. ¿Premio Nobel de la Paz? Le fue concedido hace ya más de treinta años a la madre Teresa de Calcuta. Esta maravillosa santa no se cansaba de repetir que no existe mayor amenaza para la paz que el aborto. Por nuestra parte, un camino: al igual que en aquella obra maestra del cine, hay motivos para la esperanza. Finalmente la comunidad del pueblo minero actuará en solidaridad y, tras unas disensiones con el injusto patrón, en los momentos duros todos estarán unidos y dispuestos a arriesgar su vida por salvar a los vecinos atrapados en la mina. Como atrapados están esos inocentes en peligro de aborto a nuestro alrededor. Así pues, pongámonos en marcha. Todos podemos hacer algo, como aquel personaje que, ante la petición de su amigo ciego para bajar juntos a la mina en el rescate, le contesta: “No bajaré, porque soy un cobarde. Pero te guardaré la chaqueta”. Y es que en esta lucha por la vida, da igual lo que estemos dispuestos a dar. Importa, sencillamente, que lo demos, y tenemos mucha vida que dar. Dios bendice a Europa con la vida y no con un premio que se terminará por oxidar.

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