«Me salvó una lágrima», de Angèle Lieby

«Me doy cuenta a medida que lo termino: este libro es, en primer lugar, una gran historia de amor». Quizás porque se le escapaba a Angèle y la vida, cualquier vida, no es otra cosa que una gran historia de amor. Sufrió un coma y durante mucho tiempo estuvo aislada o, como dice ella misma, atrapada en «los barrotes de mi cuerpo». Pero se daba cuenta de todo: de la presencia médica y los tratamientos, del calor de su familia y amigos. La impotencia indecible que debió experimentar y el dolor que en tantas ocasiones torturaba su cuerpo. Estaba en coma, pero absolutamente viva. Nos cuenta en su libro la experiencia más dura: «Como de costumbre, el doctor llega rodeado de una pequeña corte. En adelante, para él las cosas están claras. Desde ya. Mi marido y mi hija están pendientes de sus labios. Y estos sueltan con frialdad: -Hay que ir pensando en desconectar». Es cierto, existen profesionales de la medicina empecinados en hacer valer la muerte. Pero el final de la historia será muy distinto. La familia jamás aceptará que desconecten y, con el paso del tiempo, vendrá la recompensa: «¡Mamá está llorando!». Son muchas las emociones vertidas en el texto. Pero quiero volver al comienzo de este maravilloso relato, que ha contado siempre con una finalidad y está claramente expresada por la autora en el prólogo: «hablar en nombre de quienes, al igual que yo hasta hace no tanto, no pueden hablar». Los que no pueden hablar. Esto nos suena mucho, ¿verdad? Tampoco pueden hablar los no nacidos. No tienen voz y, al igual que nuestra protagonista, están vivos. Rotundamente vivos. Porque también ese deseo es una bonita meta para los voluntarios que participamos en los rescates: dar voz a los no nacidos. Para ello, Angèle, nos proporciona una profunda lección y nos muestra el camino: «solo existimos en la mirada de los demás». Pues bien, yo quiero mirar así en los rescates. Quiero que esa mirada sea mi voz. Estar atento a la vida gestante y hacer partícipe de ello a la madre que lleva esa preciosa vida. Que sienta que existe, que es única y valiosa. Esa vida es un perfecto regalo y una gran historia de amor. He ahí el milagro y de ese milagro quiero ser testigo. A veces para dar una razón o, simplemente, un abrazo sincero. Ni siquiera una opinión. Un sentimiento o unas manos abiertas. Quién sabe si nos basta con un poco de atención. Un aliento, la confianza o unas palabras que no sean de condena. Tal vez encuentre una lágrima perdida, de esas que saben abrir un corazón. Esta es mi experiencia y por ello doy gracias a la vida, porque su milagro siempre nos dará la respuesta y esa respuesta, la más bella esperanza. «Si no soy una resucitada, ¿seré al menos una enferma curada milagrosamente? Tampoco. El milagro es la vida, no yo». Sí, el milagro de la vida nos espera. Angèle, mi más sincero agradecimiento. Un rescatador.  
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