Este clásico del cine consagró a su director, Billy Wilder. Relata la decadencia de una actriz del cine mudo, pero también los excesos de una clase pagada de sí misma y artificial. Describe el paso del tiempo convertido en ruinas por la soberbia. La historia del egoísmo desmesurado y venenoso que nos hace despreciar todo lo bello que existe a nuestro alrededor. Pero como nuestro cometido no es hablar de cine, he puesto de manifiesto este premiado guión para destacar a los principales artífices del aborto en Madrid. Generosos colaboradores de la mayor afrenta a la vida que el ser humano haya conocido jamás. Os presento a los dioses del aborto: Guillermo Alfonso Sánchez de Andrés, Ramón José Hernández Lorenzo, Elena Álvarez López, Miguel Angel Ausín Gonzalo, Sergio Muñoz Heras, Francisco Javier Hidalgo Pérez, Zacarías Salim Chamir Succar, Mohamed Rafik Dehni Jasser, María Jesús Freile Majado y Cesar Alberto Pinto Castillo. Porque el aborto no es una palabra escrita en el traidor papel de una ley. El aborto es un precipicio humano con una aduana que selecciona, despacha y factura la vida de inocentes. Materializado en clínicas convertidas en siniestros registros de destrucción sistemática, pero regentados por personas con nombres y apellidos. Son los pretenciosos dioses del derecho a matar. Y estos penosos tiempos no se pueden ya sostener. La vida no es un cine mudo. Los avances de la ciencia han hecho «hablar» al no nacido. Descubrimos la vida real y asombrosa que late con voz propia y atronadora desde la pequeña pantalla de un ecógrafo. Es la vida la que triunfa, porque un no nacido tiene voz y derechos. Cito una de las frases célebres de aquella protagonista, Norma Desmond, y que hoy quiero poner en boca de cada uno de esos otros actores citados: «Yo soy grande. Son las películas las que se han hecho pequeñas». Se han creído grandes como dioses y la vida les parece pequeña, insignificante, fuera de todo valor, con una inmensa soberbia que les impide ver la maravillosa realidad. Pero termino y lo hago como se hace en Hollywood, con la gran escena final. Norma ha matado a su amante. La casa está llena de policías que la acosan a preguntas. La justicia está esperando. Está completamente enajenada, pero los periodistas han traído cámaras que hacen reaccionar a la diva. En su ofuscación cree que comienza el rodaje de su película. Interpreta a Salomé bajando solemnemente la escalera de su mansión. Al llegar abajo pide permiso para hablar y, al terminar, pronuncia las palabras más famosas: «Muy bien, señor DeMille, estoy lista para un primer plano». Pues bien, en un primer plano hemos señalado a esos protagonistas del aborto. La imagen se va haciendo borrosa. La pantalla se funde en negro. Este es su final. Un final, como Norma Desmond en Sunset Boulevart…
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