No recuerdo exactamente el título de la nueva producción del afamado director del artrítico cine español. Pero poco importa, no pienso ir a verla. Los motivos sobran, pero lo que representa Pedro Almodóvar me parece rancio, sencillamente. Este antropólogo genital nos pretende catequizar con las psicopatologías del triste escaparate progre. Clichés retrógrados que han entrado de okupas en nuestras sociedad con una ideología casposa y arbitraria. Pero de estas actitudes me interesa ahora la defensa del aborto. Para los neófitos aclararé que un abortero es una persona que defiende el derecho de matar a un no nacido en el vientre de su madre. Los argumentos que tienen para defender esta locura son múltiples y variados. Pero, y esto también es una opinión personal, todas sus justificaciones se reducen a una única: odian la vida (luego explico este tema). Defienden el derecho (¿o más bien el poder?) de las mujeres a acabar con la vida de sus hijos. Para ello no dudan en pasar por encima de lo que sea. Se manifiestan públicamente a favor del aborto y el derecho a decidir, apoyan políticas que favorecen la destrucción quirúrgica de seres humanos, descalifican y ridiculizan a católicos o a los provida que defienden la vida gestante e inocente. Llegan incluso a despreciar las evidencias científicas sin la más mínima decencia y con una soberbia que sólo puede tener un «amante majadero» (son aquellos que se aman «en exceso» a sí mismos). Parecen despreciar las cifras genocidas que el aborto arroja todos los años en nuestro país. Son estas, por otra parte, nuestras miles de razones para seguir luchando por el derecho a vivir de todos. Ah, se me olvidaba: los aborteros odian la vida por puro resentimiento. Para ellos la vida es algo finito, que termina inevitablemente en este mundo y esto llega a herir su razón. Esta fustración les provoca tristeza, desolación y, finalmente, resentimiento. La gratitud queda sepultada sin remedio. Desconocen que la vida es para siempre y esto, que hace brotar de nuestros corazones un agradecimiento, una paz y alegría inmensas, les consume su interior. Esta verdad es muy simple, pero hay que aceptarla. Por eso, no nos preguntemos ¿qué he hecho yo para merecer esto? Planteo otra cuestión: ¿qué debo hacer para agradecer esto? Mi nombre es David Gimeno y sí, ya pueden sacar sus cámaras fotográficas: ¡nunca he visto una película de Almodóvar! Saludos.
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