Es absolutamente recomendable la visita a la exposición de arte popular latinoamericano que recientemente se ha inaugurado en la capital. No es una muestra de artistas consagrados, profesionales conocidos y acreditados del arte académico, con experiencia aquilatada y sobrados estudios. Antes al contrario, se trata de desconocidos artesanos que han sentido la necesidad de manifestar un sentimiento, sencillo y sincero, que trasciende en el desempeño cotidiano de sus oficios. Pues bien, he creído oportuno traer esta reseña al escenario de la lucha por la defensa de la vida que estamos llevando a cabo en nuestro país. Mi impresión es que nuestras reivindicaciones las hemos querido dejar en manos de políticos, de esos «grandes artistas» consagrados, académicamente correctos y perfectamente pagados. Esperamos con enorme deseo su gran obra maestra: la abolición de la actual ley del aborto. Y sobre este gran trabajo, que muchos esperan con actitud indolente, tengo la urgencia de comentar algunas cosas. Creo que la solución a un problema de tanta gravedad como el aborto la hemos delegado, de manera pusilánime, en las manos de «artistas» sin ningún tipo de garantías. Por otra parte, sinceramente lo digo, el objetivo planteado me parece importante, pero en exceso triste y pobre. Por eso, quiero detenerme en la inmensa labor de los artesanos anónimos, de los generosos trabajadores de las pequeñas cosas, pero de enormes y maravillosos resultados. La tarea de miles de silenciosos voluntarios que, en las distintas instituciones provida, realizan una tarea encomiable con sus «propias manos», siempre cargada de generosidad y gratitud. Ellos, en mi humilde opinión, reflejan y contribuyen al objetivo más importante que seguramente, por encima de cualquier otro, debamos exigirnos: el valor de cada vida humana. Un objetivo irrenunciable sin el cual no deberíamos nunca conformarnos. Tal vez esperamos grandes cosas de renombrados artistas, sin prestar atención a ese ejemplo del arte popular que lleva dentro todo lo que necesitamos. La gracia del cielo hace que, en extraordinarios momentos, el arte nazca casi de manera natural en la voluntad irredimible de unos sencillos artesanos, simplemente por su dedicación y amor a lo que hacen. Quién sabe, seguramente el arte sea como la vida: no puede ser propiedad de nadie. Un rescatador.
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