«Como el principito se durmiera, lo tomé en mis brazos y volví a ponerme en camino. Estaba emocionado. Me parecía cargar un frágil tesoro. Me parecía también que no había nada más frágil sobre la Tierra. A la luz de la luna, miré su frente pálida, sus ojos cerrados, sus mechones de cabellos que temblaban al viento, y me dije: «Lo que veo, aquí, es sólo una corteza. Lo más importante es invisible…». Como sus labios entreabiertos esbozaran una sonrisa, me dije aún: «Lo que me emociona tanto en este principito dormido es su fidelidad por una flor, es la imagen de una rosa que resplandece en él como la llama de una lámpara, aun cuando duerme». Y lo sentí más frágil todavía. Es necesario proteger a las lámparas: un golpe de viento puede apagarlas…». Este breve fragmento me emociona, me llena de ternura. El libro, que acaba de cumplir nada menos que setenta años, está lleno de simbologías que nos cantan al amor, la amistad, la familia, la responsabilidad. Una escuela para la vida, quizá porque el protagonista encarna la misma vida. Pues bien, la «actualidad» del libro me lleva a una reflexión sobre la defensa de la vida. Porque creo que hemos cometido un grave error pretendiendo dejar en manos del partido que nos gobierna la solución al problema del aborto. La vida es nuestro mayor tesoro y su protección la hemos delegado en unos políticos con promesas difusas escritas en el papel mojado de un programa electoral. Han demostrado desidia y apatía porque, sencillamente, no es su principal interés. Ahora, los abolicionistas del aborto nos mostramos contrariados. Nos consume la impaciencia de quien ha dejado su más precioso tesoro a la fortuna de la ruleta política, al destino confuso de una burocrática fábrica de desconfianza. La protección de la vida nos corresponde a nosotros y no debemos exigir responsabilidades a quien nunca se ha comprometido realmente con la vida. Quién sabe, posiblemente debamos «tomar en nuestros brazos la vida y volver a ponernos en camino». Tal vez necesitemos, como ese famoso aviador, despertar un día de un profundo sueño para darnos cuenta de la maravillosa aventura que nos propone el principito. Es nuestro deber y no lo podemos encomendar a nadie más. Asumir nuestra responsabilidad se convertirá, de esta forma, en una obligación para cualquier político. La vida nos necesita y nos está esperando.


