Hay quien dice que pasea por la calle del olvido con el semblante triste, con la frente marchita. Que apenas sale de su voluntaria reclusión, que no es capaz de terminar un libro. Lejos quedan sus éxitos editoriales, sus premios y homenajes, sus tertulias progresistas, las entrevistas pactadas y sus famosas reivindicaciones de cartón. Todavía recuerdo su imagen y las palabras de aquella novelista eterna aspirante a literata. Tenía una mirada fuerte y segura, la de una mujer triunfadora que se ganó un puesto privilegiado en las huestes de aquel superado feminismo integrista. Recuerdo como enarbolaba la bandera del aborto como la principal meta para alcanzar la liberación de la mujer. Eufórica, soberbia y ufana, pero ignorante de la verdadera violencia y el maltrato que supuso ese derecho para las mujeres que lo sufrieron. No fue la única que participó en aquel movimiento y sería injusto seguir hablando de ellas como las «libertarias de luxe». Es fácil juzgar con el paso del tiempo y no sería apropiado. Eso ya es historia. La humanidad entera ha obtenido, ya hace algunos años, el ansiado derecho a vivir de todos. Hoy no existe ningún país donde no se haya abolido el aborto. La vida recuperó, en realidad, lo que siempre tuvo: su sencilla verdad. Es cierto que fue una victoria de la comunidad científica, del mundo de la medicina frente a los abogados del aborto, aquellos garantes de una ideología de muerte y destrucción. Pero pasados los años, no soy capaz de ver en ello una derrota unánime sobre un enemigo, porque sé que en una guerra siempre pierden todos. Fue una conquista conjunta y la vida para millones de condenados. El triunfo de la libertad de todos sobre un derecho al aborto que garantizaba una condena a cadena perpetua. No, no hubo vencidos. Entre toda la comunidad humana supimos superar ese sentimiento de desgana hacia la verdad que había encarcelado nuestra esperanza. Derribamos para siempre el edificio de conveniencia inmoral, enfrentado a la esencia de la naturaleza humana, en el que irrespetuosamente nos habíamos instalado. Por eso, están olvidadas aquellas diatribas despiadadas e injustas que esta mujer dedicaba a los defensores de la vida. Quiero volver a leer textos suyos y celebrar sus triunfos disfrutando, ahora sí, de un talento que siempre ha estado llamado a la vida. Quiero ver sonreír a Almudena Grandes.
Esta entrada fue publicada en Sin categoría. Guarda el
enlace permanente.