Está la puerta abierta

En el mundo en el que te mueves te han dado un calificativo del que no creo estés orgulloso. Eres el «Emperador del aborto» porque los diarios deben poner nombre a la persona que más abortos practica. Es distinto el blasón que acuñaron tus colegas, los otros profesionales del aborto, cuando citan al «Comandante Che Guevara». Tal vez porque también fue médico y terminó atropellado por una ideología. Serán envidias por tu condición de licenciado y doctor en medicina y cirugía. Algo de enorme mérito. Tus enemigos tienen otra definición más cruel: «El genocida de Tacoronte». Esto es palabrería, regalos inútiles. Eres, simplemente, Guillermo Alfonso Sánchez Andrés. Un hombre que ha cruzado ampliamente el ecuador de su vida y que seguro siente miedo en algún lugar oculto de la soledad. Tu vida profesional ha caminado paralela al aborto en nuestro país y casi treinta años son suficientes para aprender que esos miedos siempre vuelven mañana. A veces el éxito compensa, pero cada vez lo hace de manera más breve, casi lejana. El dinero nos da constantemente una excusa más, nos hace reír mientras el tiempo vuela. Un tiempo que es ajeno a una voluntad de hierro impuesta en los albores de la juventud, cuando aprendimos a fingir sin mirar al espejo, sin darnos cuenta que eso no sirve para la vida. Nos consolamos pensando que los errores no existen, aunque sabemos que hay cosas que no se pueden esconder. Cosas importantes que no compensa cualquier felicidad. Bautizamos nuestra vida sin ponerle un nombre y así vamos avanzando, como si fuéramos a vivir eternamente, dando pasos en un credo que nos cuesta comprender. No, nunca estaremos bien si continuamente es invierno o cuando, descansando, ya no podemos soñar. Volvemos de nuevo al desosiego que hace de los días amores extraños y del trabajo ese amigo perdido. Es como si la vida no estuviera aquí o fuera el peor lugar. Pero este guión puede acabar con otro paso, tal vez con un gesto de fragilidad. Con una mirada hacia atrás sincera, con decisión, con gratitud. Hay cosas que se nos olvidan en un viaje apresurado, pero que nunca se llegan a perder. El tiempo pasa sin compasión, pero la vida, Guillermo, acude a nuestro rescate en cada aliento. Ese es nuestro mejor momento porque la vida siempre, siempre será verdad.

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