Es la versión musical de esa inolvidable «Ninotchka» de Lubitsch. El espléndido guión original deja paso a un espectáculo deslumbrante encabezado por Cys Charisse y Fred Astaire. La acción se desarrolla en París, donde un compositor ruso que llega para trabajar queda inmediatamente maravillado con la ciudad y el ambiente que se respira. Fascinado con la nueva independencia, decide abandonar el comunismo. Pero el gobierno soviético no lo va a permitir y tres comisarios viajarán para rescatar al camarada de las garras del peligro. Sin embargo, ellos también acabarán sucumbiendo a sus encantos. Tan solo queda una salida: enviar a una comisionada especial. Ninotchka es una mujer fría, calculadora y dura: «no tengo más intereses que los de mi gobierno». Este argumento se enmarca dentro de la Guerra Fría que tanto condicionó nuestra historia reciente, dividiendo el mundo en dos bandos. Un período ya superado, pero que me da motivo para hablar de algo importante. Hoy existen en la sociedad dos concepciones de la vida radicalmente distintas: una defiende la vida y la dignidad de toda persona, otra ampara el derecho a decidir impunemente sobre la vida de seres humanos dentro del propio seno materno. La estremecedora realidad nos hace constatar que hemos vuelto a levantar otro muro de Berlín. Un inmenso escándalo que no se ha hecho de piedras, como aquellas que terminaron vendidas como souvenirsdecorativos. Este nuevo paredón se ha levantado con los cuerpos desmembrados de nuestros hijos y sigue elevándose a diario sin conclusión alguna. Es la vergüenza que llamamos aborto y por el que siguen pereciendo millones de inocentes. A un lado, el sometimiento a un pretendido derecho universal a abortar y un miedo incomprensible a la figura de un pequeño ser indefenso. De otro lado, la sencilla mirada a la vida que espera palpitante, la necesidad que custodiar el tesoro más sagrado que tenemos y el paso firme hacia la esperanza en el ser humano. Y un muro, una maldita empalizada de crímenes sin nombre, de lágrimas, sufrimiento y dolor. Un muro y ¿una guerra? Tal vez bastaría un sencillo viaje al milagro, un paseo por el lado ilusionado del muro o una invitación a la confianza en la verdad. Quién sabe si una propuesta parecida a la que lanza el protagonista: «¿Jamás se ha dejado llevar? ¿Nunca se ha sentido feliz hasta el punto de ponerse a bailar sola por la habitación?». Sí, nuestra bella de Moscú se enamora finalmente de la vida y terminará bailando con una música que suena a libertad. «Todo París es hermoso», termina suspirando. Es cierto, toda vida es hermosa.
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