«Yo sé bien -explicaba- lo que significa nacer contra el parecer de los demás, porque soy hijo ilegítimo. Mi nacimiento fue un escándalo. Mi madre, que era modista, perdió toda la clientela que tenía en la buena sociedad florentina. Y desde el primer momento tuvo que vencer mil obstáculos para que yo naciera. Hasta su madre, mi abuela, quería que abortase. Le decían que yo estaría condenado al ostracismo. Y sin embargo, ella se negó en redondo a abortar.
«Yo soy una especie de aborto frustrado. Estoy en el mundo un poco por casualidad. Quizá por eso aprecio más el milagro de la vida.»
Es obligado reconocer que, en este campo, a veces somos testigos de verdaderas tragedias humanas. Tragedias que nos hacen comprender la necesidad de apostar con valentía en favor de la mujer, que es quien, en casos como este, suele pagar el más alto precio por su maternidad (y más alto aún cuando opta por destruirla).
Muchas veces, la mujer es víctima del egoísmo masculino, cuando el hombre que ha contribuido a la concepción de la nueva vida, no quiere luego hacerse cargo de ella y echa la responsabilidad sobre la mujer. Precisamente cuando la mujer tiene mayor necesidad de la ayuda del hombre, este se comporta como un cínico egoísta, que antes fue capaz de aprovecharse del afecto y de la debilidad, pero luego es refractario a todo sentido de responsabilidad por el propio acto.
Es una pena que por la presión del egoísmo masculino, o de ese ambiente de intolerancia social, se fomente tantas veces el aborto en mujeres que querrían ser madres pero claudican ante esas crueles muestras de incomprensión. La única actitud honesta en este caso es la de una radical solidaridad con la mujer.


