Artículo de Silvia Laforet

RESPETANDO LA VIDA
Me podéis llamar demagoga y vehemente. He encendido el televisor para ver las noticias, algo que debería estar prohibido por prescripción facultativa. Pero vivimos en este mundo, tantas veces a pesar nuestro. La mitad de la duración del noticiario ha estado ocupado por la, al parecer, extraordinaria buena nueva de la prohibición de las corridas de toros en Cataluña. He oído expresiones como “expectación mundial”, “abrazos y lágrimas”, “manifestaciones multitudinarias”, “inicio de un mundo mejor”…
A mí NO me gustan las corridas de toros. Considero que es una fiesta cruel y obsoleta. Pero mi opinión no tiene nada que decir aquí. Aunque todos sabemos que hay un trasfondo político indiscutible en esta decisión, lejos de la mera defensa de los animales – por otra parte loable – mi indignación, tristeza y desconcierto nace de la importancia que se otorga a esa supuesta “defensa de los indefensos” cuando acabamos de asistir a la aprobación de la Ley del Aborto más cruel de nuestra historia. Y manifestaciones, plataformas, voces públicas y privadas han sido desoídas. Y más aún el diáfano sonido del latido del corazón de un ser humano de escasas semanas en el vientre de su madre.
¿Qué mundo es éste? ¿En qué nos hemos convertido? Si vivimos respetando la vida (con el necesario cuidado hacia el medio ambiente, hacia todas sus criaturas, hacia el agua y los montes, los océanos y el aire que respiramos) debemos dirigir ese esfuerzo hacia un bien común en el presente y perdurable en el futuro: dejar un mundo mejor a los que vienen tras nosotros. Pero si no respetamos la vida de estos, precisamente de los que van a nacer, ¿a quién pretendemos legar ese mundo perfecto?
A veces me pregunto de dónde procede el miedo que tantas personas sienten a la hora de defender la Vida, la vida de nuestros niños, porque cada niño que se engendra en el mundo es responsabilidad de todos. Es parte de la tribu, de nuestra tribu, universal y maravillosa. Quizá es más fácil pertenecer a un grupo ecologista (al que no quito ni un ápice de mérito) que lanzarte de cabeza al “lio de la Vida”, la Vida con mayúsculas, sabiendo que implica una enorme dosis de entrega e implicación con las necesidades reales e inmediatas de los padres y del niño que va a nacer. Quizá es más fácil defender a un animal (sigamos, por supuesto, defendiendo a los animales) cuya muerte puede afectar a nuestra sensibilidad pero que nunca se nos clavará en el corazón como saber que una persona nueva, que se encuentra en un momento de su crecimiento por el que TODOS hemos pasado, nunca podrá sentir la pasión de vivir, nunca podrá llorar ni reír, nunca podrá concebir… Ni podrá decidir libremente cómo va ayudar a construir ese “mundo mejor”. Con toros o sin ellos. Silvia Laforet.

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