¡Que feliz me siento! Esta es la consecuencia de una gran decisión. La decisión que todos tenemos que tomar: La de entender la vida como es y no como nos dicen que es. La decisión de no tener miedo a ser felices, la de asumir y disfrutar las cosas que la misma vida nos regala. Tal vez la decisión de nadar a favor de la vida, esa corriente eterna de felicidad. Pero vamos con la historia, la historia de otro día cualquiera haciendo rescates. Una pareja se acerca a la Dator y al borde mismo de la entrada conseguimos llamar su atención: «Somos voluntarios y queremos mostraros alternativas distintas a las que ofrece este centro». Son una pareja amable y muy receptiva, de Paraguay. Sus nombres no vienen al caso porque esta pareja ya ha dejado su firma en el libro de la esperanza. Vienen a pedir información. El nos comenta que tienen otros dos hijos cada uno, con parejas distintas en su país, y esto les supone ya mucha responsabilidad; la precariedad del trabajo, el miedo al futuro… Pero aquí se han conocido y este sería su primer hijo en común, el fruto de su amor. Ella, instintivamente, se trata de ocultar detrás de la pareja, como avergonzada, temerosa. Los rescatadores enseguida entienden el problema y rompen el camino de una decisión que los protagonistas en su interior no quieren tomar: «¡Es posible, vosotros podéis! Es posible seguir. Esto es lo mejor que os ha podido pasar, es un acontecimiento en vuestras vidas. Tiene que ser uno de los momentos más bonitos. Os vamos a ayudar. ¡Es posible! ¡Es posible! No estáis solos». La rescatadora percibe la carga emocional que lleva y atrae a la mujer, le da un abrazo y ocurre el pequeño milagro que todos los rescatadores ansiamos: Unas lágrimas de mujer se convierten en lágrimas de madre. Ahora lo dicen sus ojos: ¡Es posible, es posible! Ya de camino a Madrina, confiesan la verdadera realidad de la visita a la Dator: Esa tarde tenían cita para abortar. Una vez más la esperanza triunfa. Se han liberado de un peso mortal y se ha rescatado el amor. Ahora se abrazan y las muestras de ternura funden la vida con el futuro. ¿Cómo estás, cómo te sientes?, dice él. Ella, emocionada, simplemente responde: ¡Que feliz me siento!. David Gimeno.
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