En 2013 se cumple el centésimo aniversario de la ley británica de la eugenesia. Triste centenario porque fue cuando Occidente introdujo la ligeramente molesta -o sea, execrable- figura del odio al débil. No era una ley abortera, insisto, era una norma que trataba de impedir que pobres, impedidos o poco inteligentes -¿Cómo se mide la inteligencia?- pudieran tener hijos, no fuera ser que la civilizada sociedad del todavía imperio británico tuviera que cuidar de tales excrecencias. Se prohibía a los pobres tener hijos o se los arrebataban para ingresarlos en entidades públicas, esas entidades que prefiguraban los campos de internamiento nazis o el gulag soviético. Figuraban, sobre todo, al señor Mao Tse Tung, el mayor carnicero de la historia, y su política, aún vigente, del hijo único y del abandono y/o sacrificio de niñas, retrasados y desnutridos varios. El conservador Winston Churchill manchó su currículum político con su apoyo a la miserable norma de 1913, ahora centenaria, y Gilbert Chesterton escribió tanto con ella que se acaba de editar en castellano, un libro que recoge sus continuos alegatos contra la ley infame. Se lo recomiendo, porque resume todo este siglo de odio a la debilidad, justo lo contrario de la misericordia de Dios con el hombre, que es la clave de la civilización cristiana. Eulogio Lopez, Hispanidad.com.
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