Los conocimos a las puertas de la Dator. Una pareja joven, ambos estudiantes de una carrera técnica superior. Muy preparados, pero creen no estarlo para tener un hijo. Su hijo. Es curioso cómo las personas a veces tomamos decisiones y luego buscamos los argumentos lógicos y razonables que sirvan para apoyar la decisión tomada. Alguien pensará que existen mil y una razones para abortar. Sin embargo, creo que solo existe una razón para no abortar: la vida. Sólo una única razón. Pero, qué hermosa razón. Parejas como la que tuvimos el otro día la ocasión de conocer vienen a abortar con un argumentario propio, exhaustivo y perfectamente estudiado. Sobradamente diseñado. Redactado a base de reflexiones severas y noches de insomnio. Diría que han hecho una tesis doctoral sobre su decisión. Una tesis que justifica un aborto. Pensando que quizás se decide sobre el mejor futuro para la pareja, seguramente lo que queremos es perpetuar un pasado que ya conocemos, que nos resulta seguro, y apartamos de nuestro lado un presente vital, maravilloso y cargado de esperanza. Pueda ser que entrar a rebatir esos argumentos con otros a favor de la vida, sea torturar un diálogo condenado a perderse. Cada día estoy más convencido que no son nuestras palabras las que convencen, pero sí lo que puedan descubrir con esas palabras. Un único argumento, quién sabe si un sentimiento: la vida. La misma vida. Y que por encima de ese concepto racional, de esa constatación científica e incluso de toda la carga emocional y afectiva que conlleva, nos queda su misterioso y eterno interior: el milagro de la vida. Tal vez pueda cambiar en mi actitud si entiendo que lo que tengo delante de mi no es solamente una pareja con problemas, dudas o temores. Tal vez pueda cambiar mi actitud si entiendo que lo que tengo delante de mi es mucho más que una pareja que va a cometer un error o que ignora la verdad del ser humano concebido. Sí, sin duda que podré cambiar mis palabras si entiendo que lo que tengo delante de mi es un maravilloso milagro, el milagro de la vida. No, no quiero argumentos. Quiero ver mis manos tendidas, desnudas, abiertas. Quiero reverenciar el milagro de la vida. No quiero estudios para vencer a una tesis. Quiero hacer presente la vida. Quiero ver ese milagro, tal vez ver una luz, la luz que se arropa en un regazo. Dios nos da la vida para que seamos capaces de ver el milagro, capaces de tocar la esperanza. Sí, tal vez lo que debo hacer es prepararme para estar delante de un milagro, el milagro de la vida.
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