Los que saben de estas cosas dicen que cuando te planteas objetivos en una actividad no deben ser muy altos o inalcanzables, ya que puede tentarte el desaliento. Tampoco unos objetivos pequeños y fáciles, porque no tendrías un aliciente para hacer mejor las cosas mañana. Pues bien, en los rescates no pretendemos ser simplemente expendedores de tarjetas ni, por contra, llevar a todas las chicas a Madrina, entre otras cosas porque son ellas las que deciden. Pero tenemos un objetivo claro y es el de hablar con todas las mujeres que entran y salen de la Dator. Parece sencillo y sin embargo es un objetivo muy ambicioso. Esto tiene una única finalidad: en nuestra tarea de hacer presente la vida, hablar con todas ellas significa sembrar la semilla de la vida. Quién sabe cuándo y dónde germinará. Es la semilla del respeto y de la ayuda, una semilla de vida. De esta manera tuvo lugar otro nuevo día haciendo rescates y un éxito pleno en nuestro objetivo, realizando también en numerosas ocasiones esos paseos maravillosos desde la esquina de la Dator a Madrina. Ese nuevo Sunset Boulevard de la vida, que no fue un paseo de la fama donde se vende todo aquello que tiene un precio. Fue el paseo de la gratitud a la vida por todo lo que tiene un verdadero valor. Un paseo ya para siempre engalanado con preciosas estrellas. Con lecciones magistrales de vida, clases impartidas por esas asombrosas maestras que son las madres que salen a nuestro encuentro. Efectivamente, acudieron a la escuela insignes profesoras: Glenda, Soraya, Mitra, Julie, Graciela, Jaquelin, Elisabeth, Malena. Y un alumno listo es el que interroga al maestro, que escucha y aprende. Se emociona y estusiasma. Y, sencillamente, eso hicimos el otro día, sacando lo mejor de estas profesoras del sentido del deber, del compromiso con la vida y la familia, de la tenacidad y del orgullo de luchar frente a todo, del trabajo silencioso y humilde, del coraje y del valor. Lecciones que nos llevan «a viajar más de mil quinientos kilómetros para trabajar quince días porque lo necesitamos». O que nos transportan a «la basura de un supermercado a escoger para mi hijita los mejores productos caducados». Que nos llevan a «poder comer vendiendo cartones al peso» pagados con desprecio. Historias que nos revelan la dura soledad que sin querer reposa en los ecos que deja el hilo telefónico del locutorio, «porque ya es la hora y debo colgar a mis hijos que están tan lejos». Vidas que nos llevan al «miedo del despido injusto» o al desamparo por «una madre que me quiere hacer abortar». Sí, lecciones magistrales que apreciamos en lo que valen con todo nuestro corazón, con toda nuestra alma, porque son historias personales y únicas llenas de vida a rebosar, llenas de verdad. Tal vez historias para una nueva vida… O un paseo por el boulevard de la vida por el que un alumno siempre debe dar gracias por las lecciones recibidas. No dejan de ser regalos que la vida nos ofrece. Así pues, un millón de gracias a todas y que Dios os bendiga.
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